martes, 17 de abril de 2007

Mi amigo Ramón dice que en estos tiempos que corren la televisión y los televisores vienen a ser la versión electrónica del diablo.
-¿Dónde tienen los televisores los cuernos?- le pregunto, divertido por su ocurrencia.
Me explica que los cuernos de los nuevos diablos electrónicos pueden ser perfectamente esas antenas que se colocan sobre los televisores para mejorar la imagen. Luego enciende un cigarrillo y me cuenta que hace un par de semanas tuvo la ocurrencia de enterrar su televisor portátil de diez pulgadas mientras estaban retransmitiendo uno de esos programas en los que la gente se insulta y se tira los trastos a la cabeza.
-Era una noche de plenilunio y hacía un calor sofocante -recuerda- Bajé al solar que hay delante de casa, puse el televisor en marcha y lo deposité cuidadosamente en el fondo de un pozo que había cavado aquella misma mañana al pie de un olivo. Luego empecé a echar la tierra removida encima del televisor sin que la presentadora y los concursantes se diesen cuenta. Fue así como consumé el primer televicidio de la historia...
... Me eché a reír y luego le pregunté:
- ¿Crees que con ese gesto lograste que toda una generación de energúmenos sepultasen sus redencillas y dedicasen su tiempo a otros menesteres más lucrativos?
Me miró ofendido y a la vez satisfecho, pues sabía que había captado mi atención con sólo unas cuantas parrafadas de ingenio locuaz. Parsimoniosamente, como si no tuviera valor el tiempo que malgastaba en perpetrar aquella incomprensible inhumación, señalándome el lugar exacto, cogió un último montoncillo de arena con su pala y lo colocó en la cima de aquel improvisado telesepulcro dejando apenas visibles aquellos cuernos de metal...- al menos las lombrices podrán sintonizar bien sus canales preferidos- elucubró mi viejo amigo con una mueca que ni el mismísimo Jim Carrey podría imitar. Para culminar su obra dio tres pequeños golpecillos para sellarlo bien y me invitó a pasar a su terracilla para degustar los riquísimos manjares que preparaba su esposa Rocío, mujer rechoncha y bien curtida de las que ya no se fabrican.
Lo cierto es que quedé un poco atolondrado después de tal banquete, y fruto del sopor achaqué el buen ánimo que se respiraba en el ambiente del autobús número 2 que me conducía a mi matadero remunerado, unas oficinas del tercer piso en el edificio Shindler de la Isla de la Cartuja, donde repartiría el correo junto con una tacita de café o té y la sección del diario preferida para cada uno de mis destinatarios, pero aquella tarde resultó ser muy diferente de las acostumbradas. Todos sonreían afanosamente y me dedicaban unas buenas tardes a las que tenía poca práctica de responder, incluso en uno de los folletos que guardé para Consuelo, la más chismosa y metomentodo de todas las secretarias, transcribía con instantánea incluida: "la reconciliación del siglo entre Marujita Díaz y Sara Montiel".
Me picó el gusanillo y consulté a escondidas de mis jefes un par de páginas rosas en la web de un portátil. Todas tenían un denominador común: el fin de las trifulcas. Me rasqué el poco cabello que todavía seguía floreciendo a duras penas en mi sesera y rápidamente consulté el calendario esperando encontrarme con el número 28, pero aunque fuera así, sería imposible destacar estos fenómenos a los santos inocentes, ya que reinaba Abril, así que, en una intentona desesperada por seguir con el bucle maravilloso al que creía ser testigo, agarré con todas mis fuerzas ese endemoniado cacharro dedicándole un refrán a su propietario que rezaba: "Inocente palomita que te dejaste engañar, sabiendo que en este día nada se puede prestar", me encaminé al jardín de mi querido amigo, cavé un gran hoyo y sepulté una página web donde pequeños chiquillos asustados forzaban posturas trapecistas con los calzoncillos por las rodillas con la esperanza de que en un par de semanas germinara algo mejor.
Ra.

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