martes, 17 de julio de 2007

LA PEMONICIÓN

Arrodillada encima de las hojas de mallorn, abatida y llena de rencor, se encontraba Adorial contemplando el rostro gris e inerte de aquella estatua de carne y hueso que tantas veces antes había contemplado con admiración, unos labios que habían rozado sus mejillas sintiéndolos templados y carnosos ahora parecían agrietados por el hielo de la muerte, el aroma que recordaba como el mas sutil que había percibido su pequeña nariz se había esfumado del cuerpo, ese cuerpo rodeado de una niebla de seda fría y negra que la cubría casi por completo dejando adivinar una silueta de largos brazos que la habían abrazado antaño en tantas ocasiones, para ella siempre especiales.
Se negaba a reconocer lo evidente, no podía concebir que aquel ser tan majestuoso la hubiera abandonado a su suerte, se resistía a creer que se había rendido, que el miedo irracional a dejar el mundo carnal la había vencido, como a tantos mortales les ocurría. Quería reprochárselo, sentía deseos de enfrentarse al ser que mas había querido, deseaba que se irguiera y la mirara arrepentida y oír por última vez su voz pidiéndole perdón, prometiéndole que nunca mas se alejaría de su lado, que siempre estaría con ella. Pero sus ojos aún abiertos no conservaban destello alguno de vida, fijos en un punto infinito del cielo sangraban lágrimas de color plata. Los ojos de Adorial también comenzaron a empañarse y decidió dar descanso final a los de su madre cerrándolos y sellándolos con un beso, pero cuando alargó su pulgar e índice hacia ella, con un movimiento tremendamente brusco le agarró fuertemente la muñeca mientras se incorporaba gritándole peligro en idioma élfico.
Despertó sobresaltada y sudorosa, con la cabeza un poco aturdida salió al estanque y se refrescó la cara y los brazos mientras entre sus dedos bailaban graciosos pececillos de colores brillantes. La herencia a veces terrible de la videncia había recaído en ella después de saltarse dos generaciones, Ivorwen su bisabuela y también su marido Dírhael ya la poseían desde muy temprana edad, como era su caso, pero esta última premonición se alejaba de lo corriente: en primer lugar nunca había sido partícipe de ninguna de ellas (y menos protagonista), ni tampoco era sensible a otros sentidos que no fueran el oído o la vista, ya que recordaba perfectamente todos los olores que percibió y sintió como a fuego vivo la mano helada de su madre, conservando aún la marca de sus dedos incrustada en su muñeca izquierda todavía temblorosa, y en tercer lugar parecía obvio que más que una clarividencia de un hecho concreto había experimentado una visión incógnita, un enigma de algo oscuro que iba a suceder y que no logró visualizar, como si se tratara de una señal de advertencia.
Tenía bastante asumido su don desde muy niña, desde aquel día que vaticinó la gran tormenta de los tres días en Harondor, tierras de Gondor del Sur propiedad ahora de su hermano Eldarion, o la trágica muerte de Cálanel, el único heredero de las tierras de Rohan y pretendiente oficial de su hermana mayor Sainaden, ahogado en las mismas aguas que arrastraron a su tioabuelo Boromir a su descanso eterno. Mas que un don era una desgracia y se sentía a menudo tentada a echar mano del mejunje que mandó preparar Legolas en caso de que renunciase por propia voluntad a su destino. Él había sido el ser del que más cosas había aprendido y él fue quien le instruyó acerca de todo el linaje que llevaban a sus espaldas y de sus venturas y desventuras. Le conducía a lugares remotos donde se habían sucedido contiendas importantes como el Llano de Dagorland, el campo de Celebrant o incluso parajes aún siniestros donde se realizaron grandes hazañas todavía recordadas como la meseta de Gorgoroth a los pies del monte del destino. Sí, conocía muy bien las viejas historias por medio de cánticos élficos y montaraces, casi tanto como a su maestro y dueño de sus anhelos: su forma de hablar, la manera con la que sistemáticamente colocaba las flechas y tensaba la cuerda en su arco (siempre con el meñique en alto), cada mechón de su cabello dorado engarzado por contados hilillos plateados fruto de su sabiduría. En secreto siempre guardaba la verdadera razón por la cual accedió a ser ella y no alguna de sus hermanas mayores la elegida para la disciplina de la lucha, donde lograba verdaderos avances sobre todo portando a Filen, un arco elaborado de las raíces de los mismísimos Ents, robusto y flexible a la vez y tallado con sus tres nombres en lengua élfica: Adorial Niphredil Undómiel. Su destreza con esa arma era difícil de concebir en una chiquilla tan joven, pero ella no se percataba de su puntería y destreza, sólo tenía ojos para su mentor.
Cuando conoció la noticia de su partida hacia las colinas de Carn Düm creyó desfallecer y por mucho que intentó unirse a la pequeña cruzada los elfos mayores se lo impidieron con rotundidad. Estaba decidida a escapar esa misma tarde, aprovecharía la vigilia del atardecer para huir en busca de Legolas. Se colocó su ropaje de entrenamiento y lo disimuló con una túnica de terciopelo morado y se dispuso a rellenar su petate con víveres que había recopilado aquellos días a escondidas, entre ellos grandes raciones de lembas por lo que pudiera pasar, aunque estaba segura que sería un camino tranquilo y sin muchos contratiempos pues sólo debía seguir el curso del río en dirección contraria de su cauce hasta las Landas de Etten y cruzar Animar hasta llegar a su destino, y con un poco de suerte incluso los alcanzaría antes. También incorporó unas botas de cuero de jabalí, ya se cambiaría sus sandalias Rut cuando estuviera fuera del recinto para no levantar sospechas y una pequeña bolsita cuyo contenido la obligaría a desviarse un poco de su ruta.
Salió de sus aposentos y se confundió entre el bullicio de jóvenes que se encaminaban hacia el gran comedor a ultimar los preparativos del enlace de su segunda hermana Sonya con el futuro heredero de Edoras. Mientras repartía algunas velas por las mesas aprovechó para echar un vistazo a los nombres y la procedencia de los invitados que irían a sentarse a su lado:
-Vaya, parece ser que esta vez conoceré de cerca de un mediano, Sam Sagaz Gamyi de Hobbiton, La Comarca.
Después de una emotiva ceremonia adornada con los mas bellos cánticos todos los representantes invitados al evento iban tomando asiento en sus respectivos lugares, pero al contrario de lo que ella esperaba, a su lado se sentó una hobbit de lo más peculiar: más alta que cualquier mediano tenía el cabello rizado y pelirrojo y unos hoyuelos característicos en sus mejillas acentuaban unos rasgos infantiles y risueños. Había ido en representación de su padre, el cual no se encontraba muy bien de salud, se llamaba Elanor y pronto descubrió que tenían muchas aficiones en común, como el ansia exploradora, rasgo extraño en un hobbit. Según parecía Elanor había despertado ese interés después de largas lecturas incansables a las memorias de su padrino Frodo Bolsón, al cual nunca llegó a conocer pero que admiraba. Cuando decidió contarle sus planes de huida, Elanor prometió ayudarla y propuso esconderla en su carro de salida a Minas Tirith. Cuando comenzaron los bailes y la lluvia de pétalos ceremoniales, lograron escabullirse por el pasillo de la izquierda de la mesa presidencial y avanzaron hacia las caballerizas donde las esperaba su transporte. Adorial aprovechó para recoger a Filen del cuarto de armas contiguo y abrieron las puertas para salir del recinto. Elanor cogió las riendas de los animales y Adorial se escabulló entre los botijos y las mantas que encontró. Sentía en los costados el traqueteo del carro cuando pasaba por las piedras grandes que se cruzaban en el camino, pero no se atrevía a hacer ningún movimiento, así que aguantó incómoda hasta que las puertas de la fortaleza sólo eran un punto en el paisaje. De un salto se unió a su nueva compañera de viaje y comenzó a quitarse las sandalias. Al ver lo que estaba haciendo Elanor le preguntó:
-¿Qué clase de zapatos son esos?
Mientras lograba alcanzar las botas colocó una de sus sandalias en las faldas de Elanor.
- Son unos Rut, las sandalias preferidas de los elfos, cada uno de nosotros al alcanzar la edad de la conciencia somos conducidos al taller de artesanía natural y se nos miden los pies para tallarnos una réplica exacta, luego de incorporar nuestro nombre a la obra la colocan en el muro natural donde miles de hiedras crecen y las abrazan durante todo un año. Acabado este proceso las retiran del muro, bañan con un ungüento especial a base de salvia de musgo, aloe y jugo de tela de araña los tallos de la hiedra para darle elasticidad y se dejan macerar en el río Wimrodiel toda una noche para que la luna las bañe de color blanco, y al día siguiente retiran ha hiedra del molde y le añaden la suela. Elanor no hacía mas que admirarlas, las cogió un momento para notar su tacto.
- Son realmente hermosas.
Al notar la atracción que emanaba de ella, Adorial le respondió:
- Te propongo compensar tu ayuda mandando fabricar unas para ti, qué te parece.
Elanor le enseñó sus grandes y voluminosos pies.
- Me temo que mis pies hobbits no son los más idóneos para calzar tales obras de arte.
- No digas bobadas,- le replicó Adorial,- en cuanto lleguemos a Lorien haremos un alto en el camino y el año que viene un mensajero te las llevará a tu aldea.
A Elanor se le tornaron sonrosados los hoyuelos:
- ¿Me dejas tocarlas un rato?
- Pues claro que sí.
Mientras Elanor admiraba sus sandalias Adorial recogió las riendas y azuzó un poco a los caballos para que apresuraran la marcha. Si hubiera planeado cualquier excusa para entrar en Lorien no le hubiera salido mejor; en sus planes ya existía ese alto en el camino, pero por otras razones muy diferentes, tenía una pequeña misión que cumplir.
Pasaron el monte Mindolluin y se dirigieron hacia el lago de Cair Andros para descansar, había caído la noche y los caballos estaban sedientos. Lograron divisar un pequeño buque amarrado a un lateral del lago que hacía las veces de posada y Elanor pidió una habitación mientras Adorial aguardaba oculta en el carro. Elanor subió al barco, se dirigió al primer piso y preparó toallas y una escalera de cuerdas para ayudar a subir a la polizón después de haber subido desde el otro lado del amarre a nado. Extendieron en el suelo unas mantas y se llevaron casi toda la noche contando historias cada una de sus respectivas razas y culturas.
Para evitar las bocas del Entaguas pensaron cruzar al otro lado y atravesar la Cancha Aguada por su lado transitable y menos profundo, pero esta ruta planteaba un dilema.
-Con este carro no lograremos cruzar Nindalf, debemos dejarlo aquí o incluso venderlo porque sus ruedas se hundirán a medida que avancemos.-explicó Adorial.
Así lo hicieron, Elanor bajó hacia la popa donde se encontraba la pequeña posada e hizo un trueque con unos enanos que estaban afincados en una de las mesas del fondo. Como no poseían mas que oro y joyas prefirió canjearlo por una ballesta y una daga, un par de cotas de malla y algo de queso. Mientras Adorial volvía a tierra firme. Se pusieron en marcha con uno de los caballos que lograron regatear, y nada mas adentrarse unos metros tuvieron que volver sobre sus pasos para recoger un par de ramas robustas para poder utilizarlas de bastón y caminar por la ciénaga, y Adorial se alegró de su acertada elección ya que las botas la mantenían seca, no tanto de acarrear con el caballo. Por fin llegaron a Rauros donde pasaron la noche acampando por primera vez a la intemperie. El cielo parecía darse cuanta del necesario descanso que se merecían y se nubló un poco para difuminar y atenuar la luz de la luna.
- Esa niebla, ¿sabes de dónde procede?- comentó Adorial.
- Tengo una ligera idea, pero no estoy segura.- Adorial comenzó a explicarle.
- Al oeste del lago donde hemos acampado se encuentra la Ciénaga de los Muertos. Dicen que todas las almas de los que perecen en esos pantanos quedaron vagando por encima de sus cuerpos unidos por un hilo invisible que impide a ambos separarse, así que el cuerpo queda a ras del borde del pantano y los vapores permanecen suspendidos formando bancos espesos de luz que atraen a cualquier caminante que lo cruza para intentar liberarse de esa atadura tomando un huésped nuevo, pero siempre que lo hacen los condenan a la misma tortura eterna que sufren ellos. Son almas que permanecen sin descanso tras formarse la ciénaga y remover las tumbas de guerreros de antaño que fueron sepultados en ese lugar.- esperando ver un escalofrío de su compañera se sorprendió al oirla replicar su versión:
- De hecho,- continuó hablando Elanor,- no todo el mundo es sensible a esa atracción, según las memorias de mi padrino cuando los últimos miembros de la compañía del anillo se adentraron en ella, el portador del Único fue arrastrado hacia sus aguas, pero mi padre lo rescató.- Adorial pensativa se quedó mirando a Elanor y exclamó:
- Parece ser que no soy la que más sabe de historias y leyendas de las dos, tienes que contarme todo los que se relata en ese libro.- Elanor sacó un gran libro rojo de su mochila y continuó la explicación:
- De hecho lo llevo siempre conmigo. Mi padrino le encomendó a mi padre continuar sus memorias, pero a Sam no se le da muy bien la escritura, así que me lo heredó a mí, su primera hija.- abrió el libro por uno de sus primeros capítulos.- Voy a leerte un dicho que se tornó popular que recitó el primer mediano aventurero de la historia de la comarca antes de partir, dijo lo siguiente:
No conozco a la mitad de ustedes, ni la mitad de lo que querría y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes merece.
Las dos se miraron unos segundos en silencio intentando encontrarle un sentido, y se echaron a reir.
- Mi padre me repite constantemente cuan parecido es mi carácter al del viejo Bilbo Bolsón, dueño de esta cita, y que cada uno de sus hijos conservamos el carácter de algún hobbit querido, como Ferry, Pippin, Rosa y Frodo a los dueños antiguos de esos nombres y la tierna Rizos de Oro a la abuela de mi madre.- Continuó leyendole algunos párrafos más hasta que el sueño las venció a las dos.
A la mañana siguiente Adorial contó a Elanor que se disponían a entrar en las lindes de Rohan, y que debían pensar en alguna excusa alternativa con respecto a su marcha, porque los jinetes de Rohan seguro que las divisarían y las interrogarían acerca del motivo de su viaje. Como a Elanor no se le daba muy bien eso de mentir, después de escuchar unas cuantas propuestas bastante alocadas Adorial decidió contar la verdad a medias.
Tal como esperaban cuatro jinetes salieron a su encuentro nada mas adentrarse en la Llanura de Rohan. Adorial rompió el hielo.
- Saludos, jinetes de Rohan.
El mas corpulento de todos respondió:
- Saludos pequeñas viajeras, a la mediana la hemos visto antes partir desde el oeste atravesando Edoras con la comitiva de invitados a Minas Tirith y suponemos que se dirige de regreso a Hobbitón.
- Así es.- contestó Elanor.
- Pero tú, que debes ser mitad muchacha mitad elfo…- la observó de la cabeza a los pies y se fijó en su porte y en su ropaje- ¿hacia dónde te dirijes?
Adorial intentó evitar en lo posible tener que contarles su historia:
- Con todo el respeto, ¿puedo saber qué os mueve a controlar tanto nuestros destinos?
- No son buenos tiempos para los elfos, según tenemos entendido- el jinete desmontó de su caballo y se acercó a ellas.- Corren rumores de una nueva oleada de deserciones hacia el Desierto del Norte, elfos grises se están reuniendo con no muy claras intenciones, y a ellos se están uniendo pequeños grupos de elfos desterrados de Rivendel.- Adorial aprovechó la noticia a su favor.
- Realmente son duros tiempos para mi raza, es por ello que marcho como mensajera real de mi señor Eldarion para prestar su apoyo a los elfos del bosque de Lorien y organizar una pequeña compañía para explorar las tierras de Rivendel.- Guardó silencio esperando una acogida positiva al cuento que acababa de inventar.
- Peligrosa misión os aguarda, joven; supongo que no iréis solas, sino que os uniréis a la marcha de los hombres de Minas Tirith liderados por el gran Legolas.- Adorial no pudo ocultar el brillo de sus ojos.
- ¿Hace mucho que pasaron por vuestras tierras?
- No harán mas de tres días hicieron una breve parada en una de nuestras posadas.- respondió el jinete.
- Pues con vuestra venia no podemos perder mas tiempo, debemos alcanzarlos lo antes posible. Larga vida al Rey de Rohan y a sus jinetes.- intentó dar por finalizada la entrevista, pero el jinete añadió:
- Duro es el camino que se os avecina, sabed que nosotros los hombres libres de Rohan estamos a disposición de vuestro rey, y si os complace escogeremos a nuestros mejores hombres para que os escolten hasta vuestro destino.
- No es necesario,- contestó Elanor- yo gustosa me he ofrecido a guiarla, ya que viajo en el mismo sentido.
- Os agradezco vuestra atención y generosidad- contestó Adorial.
- En tal caso id en paz y aceptad al menos que os acompañemos hasta el río Limclaro.
Viendo que no tenían alternativa aceptaron de buen grado la escolta e intercambiaron el caballo cargador por uno adecuado con robustas monturas.
Una vez finalizadas las despedidas y habiendo descansado buena parte del camino a lomos de briosos corceles se pusieron en marcha hacia el bosque de Lorien.
El esplendor de tiempos prósperos se había atenuado con el tiempo, con muchos menos habitantes de los que ella esperaba los recibieron con cierto recelo, aunque contentos por la visita de una de las princesas de Minas Tirith. No pudo ocultarles su identidad porque la mayoría de ellos eran parientes de Arwen, su madre, y la conocían desde que era solo un bebé. Mientras se llevaban a Elanor al taller natural para cumplir la promesa de confeccionar unas sandalias para ella, Adorial acudió al Cerin Amroth para visitar a su madre. Todavía no había llegado y ya sentía escalofríos, de lejos todo parecía tranquilo. Comenzó a aproximarse a su cuerpo y respiró un poco aliviada al ver que sus ropas no eran las mismas que vestía en su visión, una seda semitransparente de color azul cielo la arropaba y su tez irradiaba paz interior y tranquilidad. Se sintió culpable por haberle odiado tantas veces y se acercó a ella, la besó en la mano y en contra de lo que había planeado al principio, en vez de destruirlo, sacó de una bolsita la joya Evenstar y la colocó en su cuello con mucha delicadeza. Se despidió de ella y salió con un nudo en la garganta; al besarla había percibido el dulce olor que recordaba en su niñez.
De camino a Rivendel bordearon las Montañas Nubladas por su lado oriental hasta llegar al camino del bosque viejo, el cual se adentraba en las montañas con una oscura gruta pedregosa. Pronto comenzaron a perder el sentido de la orientación. Las montañas se elevaban tanto que era complicado saber dónde estaba el norte por las estrellas y el ambiente que respiraban era demasiado denso; sentían la presión de la altura en sus cabezas a medida que subían por ese camino. Después de una larga jornada encontraron una grieta escondida en la roca y decidieron acampar en su interior.
- Cuando lleguemos a Rivendel nuestros caminos se bifurcarán, ha sido un placer conocerte Elanor y caminar contigo, te estaré eternamente agradecida.
- Tambien lo ha sido para mi, princesa, prometo escribir nuestro gran paseo por el Anduin en las memorias de mi padrino- y dicho esto recogió el libro rojo de su petate y comenzó a recitar viejos poemas sobre la comarca y sus costumbres.
Pero mientras estaban leyendo un ruido de fuera las alertó: escucharon el rugir de algunos lobos y voces humanas. Adorial entró en trance por unos segundos y visualizó cómo las acorralaban en el lugar más profundo de la grieta y les daban caza. Entre ellos pudo reconocer un rostro inesperado: la princesa Sainaden. Decidió actuar de prisa y no sacar conclusiones precipitadas, agarró a Elanor y la montó en la parte delantera del caballo y le dio instrucciones.
- Vamos a escapar de esta trampa mortal- Adorial se montó de espaldas en la parte trasera- cabalga todo lo rápido que puedas con una mano y con la otra agarra la ballesta y dispara a todo ser viviente que se nos acerque, debemos darnos prisa o nos matarán.
Elanor asimiló rápidamente lo que había que hacer y, confiando plenamente en su compañera agarró con la mano derecha las riendas y empezó a azuzar al caballo. Acto seguido Adorial le dio unos golpes y salieron al galope.
El grupo de elfos desertores que caminaba por el sendero no pudo reaccionar a tiempo, comenzaron a disparar sus flechas al oscuro jinete que había salido de aquella grieta y ordenaron a los lobos ir en su captura.
Elanor estaba muy nerviosa, pero logró disparar varias veces mientras dirigía al caballo por entre el sendero siniestro, y detrás Adorial lanzaba flechas de tres en tres, una técnica aprendida de su mentor. Pero los lobos eran demasiados y se acercaban cada vez mas rápido porque una de las flechas de los traidores había rozado el lateral del animal y perdía mucha sangre junto con velocidad. De pronto el caballo se desplomó y las dos cayeron rodando por unas escaleras artificiales talladas en el camino que se dirigían pendiente abajo al final de la ladera. Se incorporaron como pudieron y echaron a correr mientras arrojaban flechas sin parar. Uno de los lobos logró esquivar esa lluvia de metal y madera y de un mordisco agarró el hombro de Adorial. Elanor, sin atreverse a disparar, se quedó inmóvil y comenzó a gritar. Pocos segundos después se acercó a la carrera al gran animal y colocándole la ballesta en el estómago disparó a bocajarro. Abrió sus grandes mandíbulas y logró zafarlo de su compañera, pero otro lobo se abalanzó sobre ellas. Elanor sintió el peso del gran can en sus piernas, inerte, sin cabeza, después de haber sido decapitado por la mujer mas hermosa que había visto en su vida. Portaba una espada llena de inscripciones y montaba un gran caballo blanco. Las subió a lomos del mismo y partieron hacia Rivendel.
Cuando Adorial despertó le dolía mucho el hombro, las heridas no habían cicatrizado aún pero sentía bienestar. Alguien le tenía agarrada la mano izquierda y la acariciaba con mucha ternura. Cuando logró habituar sus ojos a la claridad visualizó algo irreal: Arwen estaba con ella. La abrazó fuerte antes de que el sueño que creía vivir se desvaneciera y comenzó a llorar como una niña. Su madre le acarició el cabello y le dio un beso en la frente.
- Deja de llorar pequeña mía, ya estoy aquí contigo, perdóname por haberos abandonado. Te quiero mucho Adorial.
Las dos se secaron las lágrimas. Después de contarle su travesía le preguntó cómo había despertado de su eterno letargo. Arwen le contó que todo lo que acontecía estaba escrito por el destino, y le recitó algo que la asombró:
Y allí estará la tumba verde, hasta que el mundo cambie, y la ELANOR y la NIPHREDIL no florezcan más al este del Mar.
- Querida mía, el mundo ha cambiado y tú junto con tu compañera habéis despertado mi letargo cumpliéndose la profecía anunciada. Estoy aquí para librar una gran batalla entre hermanos. Me temo que va a ser cruel y devastadora con los nuestros,- Adorial recordó su visión y esperó que terminara de hablar para contársela- al sur del desierto, en Carn Düm están reuniéndose un ejército de elfos grises, y han perpetrado un pacto oscuro con las brujas de Angmar, sedientas de poder desde la caída del reino de Mordor. Prométeme que no te separarás en ningún momento de mi lado en la batalla, mi niña, porque sé que aunque te ruegue que no me sigas lo harás, y no solo por mí, sino por ese alguien tan especial para ti.
Al oír esas palabras tan llenas de complicidad Adorial supo que su madre sabía que estaba enamorada de Legolas, se sonrojó un poco y cambió de tema.
- Maima,- la llamó con el nombre que solía utilizar con apenas tres años- antes del ataque que sufrimos en la gruta tuve una visión, y Sainaden aparecía en ella liderando el grupo desertor. Sé que tengo la culpa por no haber podido avisar a tiempo de la muerte de su prometido, es por eso que no puedes esperar que me quede aquí cruzada de brazos. Tengo que ir y hablar con ella para pedirle perdón.- con sollozos lastimeros terminó de hablar.
- No te culpes mi niña, si alguien es responsable de lo que os pase a vosotros esa soy yo. Pero te prometo que la traeremos sana y salva. Todo se va a arreglar mi cielo.
Y con otro beso en la frente se marchó para dejarla descansar, parecía estar todavía un poco pálida por la pérdida de sangre. Adorial se negó a que saliera de la habitación por miedo a despertar y encontrarse con una realidad sin ella, pero se sentía agotada y no tardó en rendirse ante un sueño reparador de más de catorce horas.
Cuando despertó, se puso una ropa limpia que había a los pies de la cama, y mientras se vestía entró su madre y comenzó a peinarle el cabello. Se sentía flotar en una nube de felicidad de la que no quería bajar. Salieron juntas a un gran comedor donde habían reunidos muchos elfos, hombres y medianos discutiendo estrategias para el combate. Entre ellos logró visualizar a su amiga y a Legolas. Se acercó a ellos. Al verla repuesta de sus heridas Elanor corrió a su encuentro feliz por el grato desenlace. Legolas en cambio caminó lentamente y la abrazó con todas sus fuerzas.
- Creí morir al escuchar la noticia de tu encuentro con los lobos grises, no vuelvas a ponerte en peligro amada mía.
- Eso va a ser imposible- logró articular después de tal declaración de amor.
- Ya veo que sigues tan terca como siempre- Legolas le sonrió y continuó hablando- no dejaré que te ocurra nada, estaré siempre cerca.
Así comenzó a plantearse la gran batalla entre hermanos elfos que se lidió en los Desiertos del Norte, pero esa ya forma parte de otra historia.

Ra

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