miércoles, 19 de diciembre de 2007

EL PAYASO

Cuando Ramón abrió los ojos aquella mañana lo primero que vió justo en la pared frente a su cama fue una mancha de humedad con la forma perfecta de un payaso. Dubitativo y a la vez asombrado por tanta exactitud de trazos oscuros, se incorporó y desarropó sus piernas sin quitarle los ojos de encima a aquella sombra mohosa. Se calzó y acercó su infantil curiosidad (propis de cualquier niño de su edad), y lo estudió con detenimiento. Parecía la cara sonriente de un payaso joven, pero su mueca risueña parecía todo menos simpática, incluso le producía escalofrios, sobre todo su mirada, una mirada ausente capaz de encontrar pensamientos en cualquier rincón de un cerebro inerte, tan absorto en la nada... y a la vez lo miraba a él, le veía, le leía el rostro con la frialdad propia del elementeo del que estaba compuesto, y le traspasó sus párpados, aunque luchó por cerrarlos, y llegó hasta su alma, creándole la imperiosa necesidad de bajar corriendo a desayunar sin nisiquiera cambiarse el pijama por el uniforme, acto que desaprobó su madre quien dijo que con medio día de sol y la ventana abierta se arreglaría el estropicio. El caso es que cuando volvió de sus clases se encontró de nuevo allí; verdad era que el cielo había pasado la mañana enfadado con el sil, castigándole en su cuarto, detrás de las nubes. Pero esa no era razón suficiente para que hubiera aumentado su tamaño considerablemente. Lo que apareció como un rostro ahora se presentaba casi de cuerpo entero con trompeta incluida. Parecía incluso que estaba dotado de tonalidades concretas, normalmente una sombra en la pared suele tener el mismo color que ella, solo que un poco mas oscuro; aquel payaso en una pared blanca vestía pantalones anchos azules, abrigo naranja chillón con una pajarita de colores vivos, la cara pintarraqueada y una espantosa nariz colorada. Se prometió no volver a pisar el cuarto hasta bien entrada la noche bajando las escaleras del primer piso como una exalación.
Pasó toda la tarde jugando al fútbol y a las canicas con su pandilla, incluso ayudó a uno de ellos a salir de un boquete donde había caído, le gustaba sentirse un héroe, había logrado evadirse por completo de aquella visión. Cuando llegó la hora de acostarse entró en su habitación sin antes encender la luz, cuando lo hizo la figura que vio le dejó paralizado: la sombra húmeda del payaso había comenzado a definir sus contornos, casi podía afirmarse que gozaba de un aspecto tridimensional, lo que más sobresalía de él era un horrendo sombrero y unos zapatos de tal magnitud que rivalizaban con el fémur en una carrera de 90º. En la mano opuesta a la que sujetaba el instrumento musical portaba unos globos de diferentes motivos y colores que sobresalían de la habitación hacia una realidad desconocida que ni la física cuántica podría explicar. Era tan real que toda la estancia parecía una pantomima a su lado, un cuartito de muñecas. Bajando los escalones de cuatro en cuatro asió a su madre del brazo y la obligó a subir.
-¿Pero de qué me estas hablando, Moncho? Aquí no hay ningún payaso, esta mañana me diste cova con la manchita de humedad, pero si crees que te vas a librar de acostarte pronto para poder ver un poco mas la tele vas listo, jovencito. A la cama a la voz de: YA.
¿Cómo podía ser? no era posible que su madre no lo viera, ¿y tampoco lo había visto esa mañana?. Enfurecido, impotente y desconcertado se metió en la cama sin dejar de mirara al payaso... parecía que sonreía un poco mas.
No pudo pegar ojo en toda la noche, cada vez que apartaba la mirada de él parecía que cambiaba de postura, se acercaba mas y mas a los piés del catre. No quería pestañear, no podía hacerlo, sentía que su vida dependía de ello. La última vez que entrecerró sus párpados había amanecido y comenzaba a sonar el despertador de su padre desde el dormitorio de al lado. El sol lucía espléndido después de haber cumplido su encierro entre las cortinas. El payaso había desaparecido, no atisbaba rastro alguno de su presencia. Convencido de que todo había formado parte de un mal sueño se incorporó, pero antes de darle tiempo a desarroparse los piés... unas manos enguatadas apretaron sus tobillos con tal rapidez que no tuvieron tiempo sus pequeños pulminoes de asimilar tanto oxígeno de golpe. Con un gran esfuerzo logró zafarse de ellas y corrió en dirección al dormitorio de sus padres. Suplicó, gimoteó e incluso fingiose enfermo para atraer su atención.
-Esta bien, si tan mal te encuentras, a la cama a reposar.
- ¡No mami, cualquier sitio menos allí, a mi cuarto no, por favor!
-A la cama a la voz de: YA
Lo arrastró hacia la habitación decidida a encerrarlo por un tiempo hasta que lograra calmarse.
-¡Mamiii, por favor, a mi cuarto nooooo!
El payaso, sentado en su cama se abalanzó sobre él, le taó la boca con sus nauseabundos guantes y acercó su esponjosa nariz a la del niño.
-Chicooo,¿qué te gustaría ser de mayor?...

Cuando Lucía abrió los ojos aquella mañana, lo primero que vio justo en la pared frente a su cama fue una mancha de humedad con la forma perfecta de un bombero.

Ra

6 comentarios:

Marien dijo...

Siempre me han dado miedo los payasos,de niña tenía un cuadro de un payaso en mi habitación,era un cuadro de estos en relieve por lo que a oscuras daba la sensación que el payaso realmente salía del cuadro,a mi me daba mucho miedo y mi madre nunca consintió en sacarlo de mi habitación porque,según ella estaba mas bonita,yo creo que de ahi surgió mi miedo a los payasos,aun asi me ha gustado la historia.
Un abrazo.

Escuela de Letras Libres dijo...

Siempre, siempre eres capaz de sorprendernos, no dejes de ser un poco niña nunca.

Eva.

Escuela de Letras Libres dijo...

Me hubiera gustado que el payaso se comiera a la mamá, con sus castas toas. Pero esmássorprendente y original el final que has elegido. ;-).
Me gustó leerlo recordando al mismo tiempo tu voz de narradora, sobre todo en el "mamiiii..." del pobre niño. Lo he disfrutado, a pesar del miedo, je je je.

Antoñín

Pedro dijo...

Lo de la foto ya ha sido el remate, guapa. Me temo que voy a volver a tener las mismas pesadillas que cuando me leí It, de estifenquin; recuerdo que era un niño y me llevé meses mirando debajo de la cama antes de acostarme.
Y claro, como todavía sigo siendo un niño...
Un besito y feliz entrada de año. Ya nos veremos.

Marien dijo...

Feliz año nuevo,aunque sea un poco tarde.
Un beso.

Escuela de Letras Libres dijo...

Tremendo, inquietante desde el principio hasta el fin, qué miedo, tienes una habilidad para dejar atado a las líneas que escribes a quien te lee. Y la vuelta de tuerca del final me deja sin palabras, genial.

Gracias por habérmelo recomendado, me ha gustado mucho.
David.