miércoles, 9 de julio de 2008

EL LABERINTO

Siempre se había considerado un monje astuto y poderoso, pero todo esto sobrepasaba sus espectativas. Habían pasado varias horas, el cansancio se iba apoderando de sus huesos, hartos de defender el poco hilo de vida que lograba cazar a duras penas. Acababa de superar tres pruebas: una de inteligencia, en la que logró descifrar un complicado geroglífico que abría la puerta al segundo nivel del laberinto; otra de habilidad donde colocó unos cilindros estratégicamente en unas ranuras de la pared para así descubrir la puerta hacia el tercer nivel y una última de destreza donde sus fuerzas mermaron peligrosamente sorteando varias trampas colocadas en el suelo. Ahora el horizonte dibujaba una bifurcación al final del pasillo, al avanzar optó por girar a la izquierda huyendo de un fuerte olor similar al amoníaco del otro camino. Al final del túnel izquierdo una puerta firme sellaba la entrada al quinto y último nivel. Haciendo acopio de algunas reservas logró empujarla lo suficiente como para colarse al otro lado.
Lo primero que pudo distinguir después de adaptar sus pupilas a las tinieblas fue un montículo de miembros inertes color almendra , marchitos, cuyos rostros imploraban una caridad que nunca alcanzarían. De pronto sintió cómo miles de agujas invisibles atravesaban cada centímetro de su piel, al tiempo que vislumbraba una sombra de enormes proporciones acercándose a él. Utilizó sus últimas reservas de vitalidad para contrarrestar el hechizo, pero no pudo esquivar el zarpazo en el abdomen que le propinó aquel ser. Sus uñas se incrustaron en la carne al igual que se introduce un cuchillo en la gelatina: lentamente, viscosamente; lo zarandeó destrozándole varios órganos en ese baile horizontal y le calcó una última incisión letal arrancándole su corazón .

Mientras aún masticaba el ventrículo izquierdo de su última víctima, la cargó a hombros y salió de la habitación dejando un rastro nauseabundo de visceras y miembros a su paso, torció por el pasillo hacia la derecha y abrió la puerta de salida del laberinto. Colocó el cuerpo dentro de una alberca llena de trofeos cadavéricos y encajó la puerta para que la pobredumbre inundara el pasillo. De vuelta a su morada iba lamiendo las huellas de su triunfo por el suelo recogiendo cualquier vestigio de su víctima. Una vez limpia de pistas entró en su sala y cerró suavemente con una mueca en su boca similar a la cordura.


Ra

7 comentarios:

Pedro dijo...

Ha merecido la pena la espera. Te mueves como yo por mi casa en este terreno de ficción fantástica. No lo dejes; podría salir algo grande. Tiembla Tolkien.
Un beso.

Escuela de Letras Libres dijo...

¿Algo grande? Aun siendo pequeño nos devoraría a todos. Una gozada, Raquel. No soy aficionado a estos manjares de ventrículos masticados, pero se lee del tirón, se disfruta y se queda uno con ganas de más. Enhorabuena.

Antoñín

Raquelilla dijo...

grasiaaaa, vosotros que me quereis musho

Escuela de Letras Libres dijo...

Muy bueno, no lo había leído hasta hoy Ra. He sentido la sombra y el aliento del engendro como si estuviera encima. Como soy aficionado a transitar mazmorras truculentas en la ficción videojueguil (el vicio de la play que es mu malo), lo he sentido muy cercano y me ha gustado mucho. Por ello, coincido con Pedro en sus buenos augurios.

David

Raquelilla dijo...

Tú sí que me entiendes David, y es que los vicios es lo que tienen, te enganchan hasta mas no poder, a ver si te apuntas conmigo al simulacro de Rol que quieren organizar en el tendedero.

Escuela de Letras Libres dijo...

Ah, vale, me apunto. Nunca he jugado al rol del tipo lápiz y papel. Ya me dirás para cuando es.

Pilar dijo...

Vengo de donde Pedro, Existir es resistir, quien recomendó leerte y, realmente, valió la pena llegar hasta acá.
Entretenido relato, muy bien construido y, sobretodo, con una continuidad y enganche que atrapa.

Felicitaciones!
Un abrazo
Pilar