lunes, 5 de mayo de 2008

UNA LLAMADA AL OLVIDO

Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él...
A pesar de la insistencia del hablante el hombre negó rotundamente ser quien buscaba, colgó con violencia el auricular de aquel prehistórico teléfono que lo había acompañado toda su longeva hipoteca y volvió a recostarse intentando en vano alcanzar un escurridizo sueño que le había rondado durante días: flotaba encima de una puerta en medio de un océano en calma, sin costa.
Las sábanas le oprimían la respiración, su almohada adoptaba formas difíciles e incómodas, el cansancio se había vuelto perezoso. Desde su jubilación habían cambiado las tornas: su ánimo había decaído, estaba agotado, por primera vez se sentía un inútil, aun sin tener que madrugar no podía forzar sus doloridos músculos al descanso; se levantó y mientras apuraba el café admiraba el paisaje desde la ventana de la cocina: la tapia del edificio contíguo. Esperó, dió mil vueltas al pasillo atestado de soledad y cuando por fin las manillas indicaron las siete de la mañana bajó al bar de siempre.
Sin mediar palabra un camarero nuevo de rostro amable le sirvió una copa que bebió de dos tragos, la segunda la degustó con mas parsimonia mientras se embriagaba los sentidos con la melodía del yack-pot y el olor a café recién hecho. Al poco rato un hombre corpulento con ganas de darle al palique se le arrimó entusiasmado en exceso. Aseguraba ser su colega de juergas y le apestó los resultados de los partidos de liga. Le repugnó, sudaba alcohol por sus mejillas, pero le siguió la corriente hasta que se le acabó la cuerda. Aceptó otra copa (que menos por soportar su fetidez). En medio de una acalorada perorata el tipo le pidió fuego para encender un puro, según él regalo del recién casado de la noche anterior, a la cual perjuró habían asistido juntos. Sin fuerzas ni para accionar la rueda del mechero se la tendió en la barra al desconocido y alegó tener prisa por almorzar pronto, logrando desacerse de ese orangután. Mientras pagaba el resto de su cuenta preguntó molesto al muchacho por la asiduidad de aquel tipo; con semblante desconcertado el camarero no supo mas que elevar sus hombros, pero claro era lógico, el chico sólo llevaría allí unos días ¿cómo podría saberlo?... pero cuando se acercaba a la puerta de cristal que conducía a la calle un reflejo traicionero los mostró a los dos hombres recitando miradas de complicidad.
Ya en su triste morada, mientras acomodaba su gabardina en el perchero encontró algo dentro del bolsillo superior de su chaqueta de domingos, andubo a la cocina y al tiempo que buscaba su mechero se extrañó al ver desde la ventana una tapia de ladrillos, al parecer habrían construido algún edificio recientemente; encontró el encendedor de butano y aspiró una buena bocanada de aquel habano y se abandonó en una vigilia donde una puerta lo mantenía flotando en medio de un océano en calma, sin costa... extraño sueño aquél, era la primera vez que lo tenía.


Ra