lunes, 2 de marzo de 2009

TRÍPTICO

SUJETO NÚMERO 1975.-

Soy el sujeto número 1975 y tengo una misión bien definida. Las pautas que debo presentar son claras y me esfuerzo al máximo para sacar el mayor índice de conclusiones. Mi tarea de hoy consiste en encontrar en el menor tiempo posible una ruta de escape, pero antes preparo mis reflejos, mi resistencia y mi velocidad en la rueda de entrenamiento. Me encuentro algo más agotado que la tarde anterior, así que debo hacer bien visibles esos síntomas ante mis examinadores, si queremos que el ejercicio dé buenos resultados. Soy consciente de la importancia de los mismos; también de sus consecuencias. Mis atributos físicos han disminuido y el pelo comienza a escasear, espero que tomen buena nota de todos estos datos.
Tras lo que denomino el "laberinto variable" me espera una pequeña recompensa, me pongo en marcha: derecha, todo recto, derecha, izquierda... mi visión se va deteriorando a medida que avanzo, debo hacer algo para que capten esta nueva debilidad. Mientras dejo atrás una delgada línea de sangre logro llegar a mi destino. Estoy orgulloso de mis logros, he conseguido llegar marcando los túneles ya visitados. Sé que mi esfuerzo salvará millones de vidas. Soy el sujeto número 1975, pero prefiero que me llamen por mi auténtico nombre: rata de laboratorio.

UNA RATA DE BIBLIOTECA.-

Cosmos debe situarse entre la B y la D. Coloco con cuidado el volumen en su lugar correspondiente. Todos deben estar en su sitio, el orden es primordial: las letras de la tapa deben leerse de arriba hacia abajo y todas las encuadernaciones deben orientarse a la derecha. También debo situar en esta estantería Cien mil legüas de viaje submarino. Al fin terminé con ella, ya está completa, avanzo dos pasillos hacia la izquierda, siempre mirando hacia el suelo, sin pisar las rayas de las baldosas. Aquí pertenece el tomo Eldest, entre la D y la F... este ejercicio diario crea pequeñas descargas de adrenalina en mi organismo, haciéndome sentir satisfecho, relajado, este don especial no lo posee cualquiera. Coloco el volúmen en su lugar correspondiente, el título se sigue de arriba a abajo, la portada mira a la derecha. Mientras saboreo el aroma de las páginas de cada libro que contiene esta estantería voy citando frases memorizadas de cada uno de ellos, el secreto se basa en la costumbre, en la asiduidad, en la meticulosidad. Los cito a todos, por orden alfabético... a todos menos a uno, es el único que no me atrevo a leer más de una vez. Su título: "El flautista de Hamelín"

CAPAS.-

Preparo la solución, introduzco el ungüento en un recipiente y coloco en un plato la cantidad que estimo voy a necesitar para no desperdiciar todo el contenido. Me atavío con la bata, hundo el extremo del bastoncillo en la mezcla y comienzo mi tarea.
Al rascar un diminuto fragmento de moho que consigo detectar con la lámpara infrarroja de aumento observo sorprendido el tono diferente de esta parte del óleo, y a medida que voy avanzando, el color grisáceo oscuro que predominaba en el retrato se va volviendo sonrosado. Para mayor asombro, las facciones que presenta van adquiriendo expresión humana, incluso logro adivinar una barbilla bajo el hocico del animal. Sin dejar de destapar sus capas froto el sudor que comienza a recorrer mi rostro, muy parecido por cierto al que voy desvelando. Sin duda se trata del retrato de un hombre, escondido tras el mamífero; sus líneas sobrias van asomando bajo los bigotes del roedor. Cuando finalizo el trabajo dejo caer el bastoncillo al suelo y me aparto dando unos pasos hacia atrás para mirar el cuadro en su totalidad: tiemblo ante la veracidad de trazos, tiemblo ante la versatilidad de claroscuros, tiemblo ante mi propio reflejo.
Sin pensarlo me despojo del mono de trabajo y corro hacia uno de los servicios del final de la galería de arte, instintivamente me aproximo lo más posible a la pared. Entre jadeos roncos me apoyo en un lavabo y me enjuago el sudor que impera en mi frente, la noto peluda. Alzo la mirada hacia el espejo, observo cómo la diminuta nariz que sobresale se mueve de manera divertida a gran velocidad. En un delirio repentino me miro el trasero buscando una nueva extremidad. ¿Acaso no existen las ratas de biblioteca? pues en este caso habrá que añadir las de museo.

Y aquí os dejo una foto de mis dos ratoncillos disfrutando de una velada improvisada en ca Antoñín.

Ra

5 comentarios:

genialsiempre dijo...

Muy bueno Raquel, es un gustazo volver a leerte. Particularmente pienso que el más apropiado para el cuadernillo es el último, pero creo que lo importante de verdad es que vuelvas a escribir.
Ah y los chavales para comérselos.
Un beso,

José María

Pedro dijo...

Jeje, vaya caritas las de tus ratoncitos, estarás encantada con ellos.

A mí me han gustado mucho los tres relatos, sobretodo el primero, que no sabía de qué iba hasta el final. Y el tercero también me ha resultado sorprendente, muy propio de ti.
Ya te puedes considerar incluida en el cuadernillo.

Un besito pa ca uno.

Alinando dijo...

Me han encantado los tres. Posiblemente el preimero sea más sorpresivo, pero por mi parte creo que todos siguen una línea y son cortitos, por lo que podrían ponerse los tres. Se os echó de menos en la excursión. Un beso.

REIKIJAI dijo...

Que sorpresa mas linda Raquel, llegar de mis vacaciones y encontrar tus escritos.Realmente muy buenos...esos pequeños son hermosos.Un Babero para esa mamy.
Te dejo un Beso.Silvi.

Equilibrista dijo...

Hola Ra! Qué bien que te lances con este tríptico ratonil. Me gustaron los tres, pero quizá el que más el último, el más original y sorprendente.

Dios salve a Mickey Mouse, a Jerry, a Pica (¿o el ratón era Rasca?, y a Speedy Gonzales, ¡ándale, ándale!