viernes, 5 de marzo de 2010

LA ELECCIÓN

-Dime, ¿a quién eliges?
El cuarto está en penumbra. Algunos débiles rayos de luz se cuelan entre los orificios de las persianas mugrientas y descuadradas, cansadas de aguantar el peso de los daños. En el centro de la estancia: un hombre; entre sus manos está su hijo, de sólo 11 meses, llorando, luchando por zafarse de sus garras, inconsciente ante el cuchillo que amenaza su corta existencia.
Y en una esquina, agazapadas como ratas, su mujer y su hija se abrazan fuertemente sin evitar las vibraciones que sacuden sus cuerpos aterrados.
-Si has sido capaz de optar por otro hombre que no soy yo, ¿no vas a serlo para decirme cuál de los dos prefieres que muera?
La niña emite un grito ensordecedor, los tímpanos de su madre comienzan a emitir un pitido continuo, al igual que aquella vez en que su marido la atizó en el orido con un trozo de madera.
-Ven aquí, niña, y para de llorar. ¡Que te vengas he dicho!
La criatura con sus cuatro años recién cumplidos obedece a su progenitor, mientras repite el nombre de su madre sin parar, una y otra vez, hasta hacer rebosar el cuarto con la fragancia de su voz, quebrada, suplicante. Sus pasos cortos arrastran unos diminutos mocasines, como si la gravedad de la situación amainara con su lento caminar. La madre se muerde los dedos cuando su hija no la mira, culpándolos de haberla soltado, llenándolos de moratones.
El padre, con un rápido movimiento, deja al pequeño en el parque, se posa tras la niña y, tras apoyarla junto al fregadero, alisa su cabello con el frío metal. Mientras, con la otra mano, agarra con firmeza su diminuto mentón, manteniéndola inmóvil para que la mujer no pierda detalle de su rostro.
-¿Prefieres que la salve a ella? Tu princesita, la niña de tus ojos,- y haciendo una mueca tristona con las cejas y la boca, prosiguió -la pitufina que tantas veces te ha salvado de una somanta de palos que te merecías. De no ser por ella ya estarías muerta.- Y dicho esto la suelta, deja el arma sobre la encimera que hay tras ella y se encamina hacia su otro hijo. La niña, paralizada, no cambia ni un palmo su postura. Cuando por fin su cuerpecito vuelve en sí, antes de dar un paso hacia el rincón, frena en seco tras una orden silenciosa de su madre. Una palma de la mano alzada frente a su rostro hace amainar sus ganas de correr hacia esos brazos seguros, los únicos donde ella se encuentra a salvo. Y la mirada cómplice de su madre, tan diferente, tan segura, la invita a esperar donde está; le muestra que esta vez será distinto, esta vez sabe lo que tiene que hacer; su madre le inspira plena confianza por vez primera.
La mujer, tras aprovechar el breve instante en que su marido le da la espalda, baja velozmente el brazo a su posición inicial. Su respiración acelerada le impide mantener la cabeza quieta, aun así aguanta con temple el final del discurso.
-O en cambio vas a escoger al chiquitín de la casa, el que nos desvela todas las noches para lamer tus pechos, insaciable, que si no es porque te paro las ganas hubieras seguido amamantándolo... porque eso es lo que te gusta, guarra, que te muerdan los pezones.- Tras aquel vómito de insultos queda satisfecho y se arrodilla frente al parque para acariciar la cabeza del pequeño. -Sin duda ya conozco tu decisión. Sé que no soportarías ver su cara todos los días y acordarte de la mía,- degustando las facciones de su hijo prosigue -se parece tanto a mí; sería superior a tus fuerzas, ¿verdad, puta?
Ella, sin mediar palabras, corre junto a su hija, abrazándola con fuerza. Él confirma sus sospechas con una mueca de rabia. La madre coloca la niña a su espalda de modo amenazante. El rostro de la mujer se tensa; ni la sangre que emana de su oido, ni el moratón de su mejilla, ni incluso el hinchazón de su ojo izquierdo, le restan severidad. El marido seca el sudor de su rostro con la manga de la camisa y se pone en pie. Una sonrisa malévola surge en su semblante.
-Sabía que ibas a escoger a la niña, en el fondo le odias, como a mí: los mismos ojos, el mismo porte; míralo, ¿no tienes compasión? ¿es que no le quieres? ¿así me agradeces que te haya dado un hijo tan perfecto?
Con piés de plomo, la mujer camina en dirección al parque. La niña obedece el gesto que, con una de las manos, le manda su madre de espaldas para mantenerla tras ella. Cuando llega a la altura de los ojos de él, se para en seco. Por un momento su determinación asusta al hombre. Haciendo un esfuerzo sobrehumano por no flaquear, por parecer lo más serena posible, deja fluir sus palabras:
-Ya que me obligas, te elijo a tí.
Tras decir eso, en media fracción de segundo, adoptando la postura de "El Discóbolo", traza un arco con su mano derecha en dirección a la yugular de su marido, clavándole el arma que él mismo ha dejado olvidada tras la pequeña. Acto seguido la retira con la misma saña que la introdujo, provocando una cascada púrpura sin contención. Mientras borbotones de vida escapan del cuello del hombre, lentamente, su cuerpo desciende hasta quedar de rodillas; luego cae de lado sobre el charco de sangre, inerte.
Después de ver cómo su esposo se desparrama a sus piés, aparta de su cara un mechón de pelo que ondula distraído con su respiración. Mira el cuchillo, es insólito que permanezca pulcro, piensa, carente de sangre. Lo arroja en el mismo rincón de la sala donde, momentos antes, permanecía con su hija, presas las dos del miedo; afortunadamente ahora el miedo yace sin vida frente a ella. La mujer se agacha y mira hacia atrás, indicando a la niña que suba en borricate. Ésta, de un salto, se encarama presurosa y aprieta su carita en el hombro de su madre. Ignorando el fuerte dolor que martillea en su clavícula rota, la mujer se levanta y sacude su cuerpo, provocando que el pequeño macuto de cuatro años de su espalda se coloque firme de un saltito, evitando así que resbale hacia el suelo.
-Agárrate bien, cariño, que voy a coger a tu hermano- dice a la niña.
El bebé, al fin en brazos de su madre, deja de llorar.
Mientras salen de la cocina, por primera vez, brotan lágrimas de emoción de su rostro, sabiendo que ha salvado lo que más importa, que ha hecho lo correcto, que ha tomado la mejor elección.

Ra

miércoles, 3 de marzo de 2010

En Ronda

Las montañas las cubren.
Leyla y Barbie saborean,
con las falanges de sus lenguas,
una lata de paté;
el glamour crepita en la chimenea.
Ra

Fuego y Agua

El mar de lava tiembla ante sus senos cubiertos,
un océano ardiente alimenta su lujuria,
los párpados avanzan candentes por sus curvas,
esperando un latido que aflore sus instintos,
el canto lo desplaza al harén de sirenas.
Ra