jueves, 7 de noviembre de 2013

CAMINO DE RONDA

Jugaba con el viento. Su mano izquierda lanzaba ondas en el aire frente al espejo retrovisor, testigo improvisado de aquella danza. Atrapaba el viento con sus dedos abrazando unicornios pardos, caminando en las profundidades de lo irracional entre explanadas yermas que presagiaban su futuro.
El final del trayecto, su destino, la encerraría en un lago acotado de monotonía. No haría más que navegar en círculos, apartando de su camino la libertad de elegir por sí misma, de decidir su propia revolución, de tocar con sus propias manos su realidad.
La majestuosidad del tajo de Ronda se abre paso ante sus ojos. Las luces del atardecer reflejan un filo de curvas sinuosas que dan vida propia al vértigo.
Un impulso repentino hace tensar sus brazos. Agarrando firmemente el volante inspira una descabellada idea, quizá no tan absurda después de todo. En sus pupilas el asfalto queda deslumbrado por la imagen de una celda adosada con vistas a un patio de vecinos indiscretos. Y plantado en el porche, vigilando todos sus movimientos, su celador, su carcelero, un borracho maloliente de certera memoria selectiva con la escopeta cargada de reproches y doble moralidad.
Su diafragma expande y contrae cada vez más rápido sus ansias de escapar. Aprieta sus párpados, desabrocha el cinturón de seguridad y empuja fuertemente el acelerador. Un cosquilleo inunda sus palmas sudorosas mientras la base del coche devora la valla metálica. En cuestión de segundos, el vehículo es engullido por el barranco. Cascotes, llamas, humo, un zapato extraviado en la pendiente, desparejado, desubicado.

De entre el amasijo de chatarra emerge un diminuto gorro puntiagudo. Un gnomo abandona el siniestro portando un frasco de color ámbar. Mientras trepa hacia la cima con hábiles pasos, va descorchando sonrisas infantiles y fantasías inocentes, suaves, claras, que van empapando la ladera, jugando con el viento.

Ra